sábado, 23 de noviembre de 2013

Cuento II


Juana la ardilla.

Érase una vez, una ardilla muy astuta que siempre tenía hambre, que por más que comía bellotas nunca se cansaba. Un día, la ardilla Juana estaba paseando por un parque en busca de árboles para comer ricas bellotas cuando, a lo lejos, divisó a una mujer  que estaba recogiendo bellotas caídas en el suelo. Juana, tentada por las bellotas que quedaban e ir corriendo a por ellas, se quedó detrás de un árbol, observando, ya que le tenía mucho miedo a los humanos. A Juana no le quedó otro remedio que esconderse y ver como la mujer se llevaba todas las bellotas. Juana vio cómo la mujer se desplazaba fuera del parque, y observó que se metió en una casa cercana al parque, donde se puso a cocinar las bellotas.
-          ¡Pero qué hace esa mujer! ¡Les está quitando todo el sabor a las bellotas!- dijo Juana horrorizada mientras  veía como la mujer se disponía a freírlas en la sartén.
Juana se resignó a luchar contra la mujer, pero tenía mucha hambre y no había desayunado nada. Juana bajó del árbol muy deprimido y Pedro, un perro abandonado que estaba por allí, vio a Juana muy triste.
-          Perdona ardilla, ¿qué te pasa? – dijo Pedro
-          Perrito, tengo mucha hambre, pero  cuando he llegado al parque para comerme algunas bellotas, una mujer se las ha llevado todas.
-          ¿Y qué está haciendo con las bellotas? Por cierto, me llamo Pedro.
-          Yo Juana, encantada. Pues las está cocinando, no sé qué estará haciendo.
-          Pues vamos a averiguarlo.
Y Juana y Pedro se situaron en la salida del parque para ver que había hecho la señora. Se trataba de nada menos que de una tarta de bellotas. El olor llegaba hasta nuestros protagonistas y era delicioso, por lo que le entró mucho más hambre a Juana. La tarta estaba en la ventana para que se enfriara, por lo que a Pedro se le ocurrió una gran idea.
-          Juana ¿Por qué no robamos la tarta y nos la comemos? Es que no he desayunado nada. – dijo Pedro
-          Yo tampoco. De acuerdo, pero tenemos que hacerlo con mucho sigilo. – dijo Juana
Por lo que Juana y Pedro se apresuraron a robar la tarta. Juana se subió encima de Pedro, cruzaron la calle, y se fueron directos a la casa. Juana trepó hasta la ventana para ver a la mujer, pero ya no estaba en la cocina, por lo que empujó la tarta fuera de la ventana para que Pedro la cogiera. Pedro cogió la tarta al vuelo y se la colocó en su lomo. Juana saltó y cayó a los pies de Pedro que salieron corriendo en dirección al parque.
Cuando llegaron los dos al parque y se disponían a comerse la tarta, se dieron cuenta como dos niños que iban corriendo por la calle, se detuvieron en la casa de la mujer. La mujer salió a recibirlos, eran sus hijos, y les contó la mala noticia de que no podían comer. Resultaba que unos ladrones le habían robado la tarta. Juana y Pedro al escuchar esto, se sintieron muy mal por lo que había hecho. Se dieron cuenta de que robar estaba mal, así que decidieron volver a la casa. Juana trepó hasta el timbre de la puerta, la mujer salió y vio como una ardilla y un perro le devolvían la tarta -en perfecto estado- que habían robado. Juana y Pedro se sentían mal por lo que habían hecho, por lo que estaban muy tristes así que la mujer decidió aceptar la tarta a modo de disculpa y les dejó pasar a casa.
-          Chicos, acompañadme- dijo la mujer.
Cuando la mujer fue a la cocina, partió la tarta por la mitad.  Una parte se la dio a Juana y a Pedro, y la otra mitad a sus hijos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.


Fin

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